La
cuestión planteada por los saduceos sobre la negación de la resurrección (Mc
12,18-27) es, una vez más, tendenciosa; sin embargo, proporciona a Jesús la ocasión
de presentar en sus justos términos el sentido de la vida más allá de la
muerte. En aquellos tiempos, además de los saduceos, que negaban la
resurrección. Estaban
también los rabinos-fariseos, que la afirmaban, aunque con cierta libertad
interpretativa.
Había entre ellos, en efecto, quienes consideraban que sólo
resucitarían los justos, sólo los judíos o todos los hombres, mientras que
otros creían que los difuntos resucitarían en su corporalidad originaria,
incluidas las enfermedades. Más tarde, en los tiempos en que fue redactado el
evangelio de Marcos, ejercía una gran influencia el pensamiento
helenístico-pagano. Este último prefería hablar de inmortalidad del espíritu,
capaz por su propia naturaleza de sobrevivir más allá del cuerpo, liberándose de
la prisión que éste representaba.
La
enseñanza de Jesús responde un poco a todos, poniendo en el centro la verdad
del amor de Dios: si Dios ama al hombre, no puede abandonarle en poder de la
muerte, sino que lo unirá consigo, fuente de la vida, para hacerlo inmortal.
Por
lo que respecta a la modalidad de ese estado futuro, la respuesta de Cristo es
que la vida de los muertos escapa de los esquemas del mundo presente: será una
vida diferente, porque es divina, eterna, comparable a la de los ángeles, de suerte
que el matrimonio y la reproducción carecen en ella de sentido. Tampoco podrá
ser en modo alguno una especie de prolongación de la vida presente, sino una
vida nueva, en la que entra todo el hombre, no sólo el espíritu, sino toda la
realidad humana, que se verá transformada misteriosamente. Con todo, hay una
cosa absolutamente cierta: la razón fundamental hemos de buscarla en la
fidelidad del Eterno: la promesa de la resurrección no es un derecho del
hombre, sino la inevitable consecuencia o la medida ilimitada del amor divino,
más fuerte que la muerte.
El
cristianismo es el evangelio de la vida. La vida es la Buena Noticia que el
cristiano anuncia a un mundo cada vez más inmerso en una cultura de muerte. Y,
en verdad, se trata de una Buena Noticia, porque sólo quien cree en Cristo
puede hablar de una vida «que ha destruido la muerte» y creer en la
inmortalidad futura. Es más, no puede dejar de hacerlo, con el espíritu de
fortaleza y de amor que se le ha dado, sin miedo ni timidez. Del mismo modo que
Pablo, en la cárcel y esperando el final, proclama con valor la promesa de la
vida en Cristo Jesús, tampoco el cristiano pide que le dispensen del drama del
sufrimiento o de la derrota de la muerte, sino que, precisamente en el interior
de esta común experiencia o desde lo hondo del abismo, anuncia la esperanza de
la vida que no muere.