Muchas
veces el cristiano que lleva una tarea de evangelización se siente orgulloso de
sus logros. Nuestra meta siempre debe ser el anuncio de la Buena Nueva, no el
andar presumiendo de cosas y actividades que hemos hecho y que a los ojos de
otras personas agradan, pero la pregunta seria ¿le agradaría a Dios? Nunca
hagamos nada por el simple hecho de agradar a los demás, más bien, todo siempre
para la gloria de Dios.
Un
modelo de evangelizador que encontramos en la Biblia es Juan el Bautista. Siempre
predicaba el arrepentimiento y la conversión (Mt 3,2), no ostentaba lujos, por
el contrario, se alimentaba de saltamontes y miel silvestre (Mt 3,4), no enseñaba
para agradar a las personas, llamaba las cosas por su nombre aunque fueran
duras “¡raza de víboras! (Mt 4,7), nunca se agrandaba, se consideraba indigno
de soltarle la correa de las sandalias de Jesús (Jn 1,27).
Juan
el Bautista sabia claramente cuál era su misión, el que evangeliza sea
sacerdote, laico o religioso debe tener claro que el único norte es el anuncio
de la Buena Nueva que trae salvación, no hay que desviar la atención hacia
otros temas como la prosperidad, el lujo, las cosa materiales, esas vendrán luego
por añadidura. No hay que convertir el evangelio en un negocio, eso seria el
peor pecado que un predicador pueda cometer.
Muchas
veces criticamos otras religiones cuando vemos algunos hermanos llevando la
Palabra, es cierto que no la predican en su totalidad y verdad, pero lo cierto
es que hacen un esfuerzo mayor muchas veces al nuestro sin ningún tipo de interés.
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