EL DIA DEL SEÑOR. FUNDAMENTO BÍBLICO E HISTÓRICO

viernes, 8 de junio de 2012

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La Iglesia,  por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, el día que es llamado con razón “día del Señor o domingo”  (SC 106). Este texto fundamental del magisterio conciliar constituye el punto de referencia más autorizado, para una reflexión sobre el significado original del domingo y sobre las características que adquiere su celebración tradicional y en la experiencia actual de la comunidad cristiana.
En el año 112, Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribe al emperador Trajano para hablarle de lo que llama una “perniciosa” y extravagante superstición”, es el primer documento profano que poseemos sobre los comienzos de la Iglesia, calificada ya  por el contemporáneo Tácito como una “multitud inmensa”. La investigación promovida por el gobernador ha dado como resultado que los miembros de esta secta, es decir los cristianos, tienen la costumbre de reunirse antes del alba en un día establecido para cantar himnos a Cristo como si fuera un Dios. La policía de Plinio había visto la realidad, a pesar de que la descripción es superficial y sumaria.
Esta reunión es considerada por los mismos cristianos como un hecho original y típico de su fe. San Justino, en su conocida Apología I, escrita para el emperador Antonino Pío hacia mediados del siglo II, nos ofrece un precioso testimonio al respecto. Afirma que “en el día llamado del sol” los cristianos “que habitaban en la ciudad y en los campos se reúnen en un mismo lugar” y pasa luego a describir el desarrollo de la celebración, que es el más antiguo que poseemos.
Desde el principio hasta nuestros días hay una ininterrumpida continuidad, que tiene origen y fundamento en los escritos del Nuevo Testamento. Los Hechos de los Apóstoles presentan la reunión dominical como un hecho habitual en Tróade (He 20,7), pensando en ella, el autor del Apocalipsis  escribe el primer capítulo de su libro como  “Revelación” que le fue concedida “en el día del Señor” (Ap 1,10), esto explica, finalmente la insistencia y la precisión con que Juan data a las apariciones del Resucitado a los discípulos reunidos, con intervalos de una semana (Jn 20,19.26), precisamente el primer día después del sábado. La reunión dominical queda así vinculada  a un hecho primordial y original: el encuentro de los primeros creyentes con el Resucitado, encuentro en que se realiza plenamente la palabra de Jesús: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,24).
Esta tradición ininterrumpida constituye para la Iglesia una especie de pulsación que la hace vivir, hasta el punto que cuando algunos cristianos de África, en el siglo IV, acusados de reuniones ilícitas, comparecen ante el tribunal de Cartago y afirman con fuerza. “Hemos celebrado la asamblea dominical porque no está permitido  suspenderla”.
La originalidad del domingo y el sentido profundo que adquiere en la experiencia de fe de la primitiva comunidad cristiana están encerrados en el término griego que lo designa:”kyriaché eméra”, de donde se deriva el latin “diez dominicus”, y de ahí nuestro domingo. El término califica al domingo como el día del “Kyrios”, día del Señor victorioso o, mejor, día memorial de la resurrección. La Didajé, con una tautología poco elegante, pero muy expresiva le llama “el día señorial del Señor”.
Algunos Padres de la Iglesia como Tertuliano afirman que el domingo “es el día de la resurrección del Señor”, para Eusebio de Cesarea “el domingo es el día de la resurrección salvífica de Cristo”, por eso, sigue afirmando “cada semana, en el domingo del salvador, nosotros celebramos la fiesta de nuestra Pascua”. San Basilio habla de “el santo domingo honrado con la resurrección del Señor, primicia de todos los otros días”. San Jerónimo se deja llevar del entusiasmo cuando afirma “el domingo es el día de la resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día”.
Fundándose en estos testimonios, la Constitución litúrgica del Vaticano II afirma que “el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles” (SC 106), y por tanto ha de considerarse como fundamento y núcleo de todo el año litúrgico.
Los  textos de la tradición  atestiguan el nexo Domingo-Pascua surge la nota de la alegría, de la festividad, como dominante d la celebración. Incluso autores austeros, como Tertuliano, exhortan a dar espacio a la alegría de este día, no por una debilidad, sino por una exigencia de espíritu. Por su parte la Didascalía de los Apóstoles llegará incluso a declarar que el que ayuna o está triste en domingo comete pecado. 

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